Es cosa de penes: los hombres -que se quieren- enamorar en un mundo neoliberal

Por Verónica Aravena Vega
“Me quiero enamorar.” Lo dijo casi susurrando, con una mezcla de cansancio y anhelo, como quien pide algo que ya no cree posible. Lo dijo mirándome, pero sin verme del todo, como si su deseo se estrellara contra una pared invisible. Y mientras lo escuchaba, me invadió esa sensación amarga de saber que sus palabras eran sinceras… y al mismo tiempo profundamente contradictorias.
Porque él —ese hombre que dice querer enamorarse— es el mismo que me escribe de madrugada, que me dice “te pienso” y luego desaparece. El mismo que proclama que “ya no cree en el amor”, pero se pasa horas deslizando perfiles en Tinder, acumulando matches como si eso llenara algo. Quiere amor pero sin compromiso y conflicto. Quiere sentirse acompañado, pero sin renunciar al mito de la independencia que lo sostiene.
Detrás de esa frase —“me quiero enamorar”— no hay solo una confesión romántica. Hay un síntoma colectivo. Es el grito de una masculinidad atrapada entre dos mundos: uno viejo que se desmorona y otro nuevo que todavía no sabe habitar. Como escribió bell hooks en The Will to Change, los hombres no nacen incapaces de amar: aprenden a reprimir su capacidad de amar para sostener el ideal de dureza que el patriarcado les exige.
Vivimos en una era donde el amor se ha convertido en un producto más del mercado. Lo advertía Eva Illouz: el capitalismo ha colonizado la intimidad. Nos vende experiencias, conexiones, compatibilidades, “matches”, y hasta el amor propio en frascos de autoayuda. Pero detrás de esa promesa late una soledad estructural: la que surge cuando las relaciones se reducen a consumo.
En este contexto, el hombre que dice “me quiero enamorar” es también un sujeto neoliberal: alguien que gestiona sus emociones como si fueran una empresa. Se autoanaliza, se culpa, se promete “mejorar” para atraer amor… pero todo dentro del mismo marco individualista que lo separa del otro. Busca validación más no un vínculo.
El sistema le exige ser deseable, eficiente, autónomo. Y el amor —esa fuerza que desborda, que implica dependencia y vulnerabilidad— choca de frente con el mandato neoliberal de la autosuficiencia. Por eso ese hombre se quiebra: porque su deseo de amar contradice su educación emocional.
El patriarcado ha moldeado a los hombres para no sentir. Rita Segato dice que la masculinidad hegemónica no existe sin violencia: es una identidad que se sostiene sobre la negación del afecto, sobre la imposición del poder. Desde niños, a los hombres se les enseña a no llorar, a no pedir ayuda, a convertir la ternura en debilidad. hooks lo formula de manera directa en Tipos duros: el primer acto de violencia que el patriarcado exige a los hombres es contra sí mismos, contra su propia sensibilidad. Así, cuando llegan a la adultez, muchos de ellos no saben nombrar lo que sienten. No saben cuidar, ni dejarse cuidar. Y sin embargo, sienten. Sienten —como recuerda hooks— pero han sido entrenados para no reconocer ese sentir como legítimo.
Sienten soledad, frustración, deseo, miedo. Pero no tienen lenguaje ni herramientas para procesarlo. Y entonces, lo canalizan en formas que les resultan más cómodas: sexo rápido, ironía, sarcasmo, distancia.
Recuerdo a este hombre contándome que estaba cansado de “relaciones vacías”, pero que “no soportaba la idea de depender de nadie”. Que quería amor, que soñaba con intimidad, pero “no quería drama ni perder su libertad”. En esa lista de condiciones se resumía el dilema contemporáneo de tantos hombres: quieren el amor, pero no el trabajo emocional que conlleva. Porque amar no es consumir, ni conquistar, ni poseer. Amar implica exponerse, implicarse, perder control. Y eso, en el modelo de masculinidad neoliberal, equivale a fracaso. Como sostiene hooks, amar no es un sentimiento pasivo sino una práctica ética que exige responsabilidad y transformación.
Él no es el único. Está el que llora contigo y desaparece al día siguiente. El que dice “no quiero hacerte daño” justo antes de hacerlo. El que habla de feminismo pero sigue midiendo su valor en conquistas. El que jura que quiere algo serio, pero sólo si no se le pide tiempo, presencia, implicación.
Esa contradicción entre discurso y práctica no es inocente: es una forma de despolitizar el amor. Porque cada vez que un hombre se declara “confundido” o “no preparado”, ejerce un privilegio. Puede elegir no pensar, no sentir, no responsabilizarse. Puede refugiarse en la melancolía posmoderna del que se dice “dañado”, y convertir su parálisis emocional en identidad. Y ahí está la trampa: el sistema capitalista les vende la idea de que el sufrimiento es personal, que las rupturas son fallas privadas, que el amor fallido se repara con self-care y no con transformación política. Así, cada hombre puede seguir creyendo que su herida es solo suya, sin reconocer —como insiste hooks— que esa herida es también producto de una estructura que les enseñó a desconectarse del amor para conservar poder.
El capitalismo necesita sujetos solos. La soledad es funcional al mercado: un individuo desconectado consume más. Y el patriarcado lo complementa: un hombre que no sabe amar se vuelve más controlable, más dependiente de la validación externa, más temeroso de perder su poder.
Por eso, cuando él me dice “me quiero enamorar”, no escucho ternura, escucho la voz de un sistema que lo ha roto. Pero también la de un sujeto que, aunque roto, sigue decidiendo no reparar. Que reproduce el mismo modelo afectivo que dice querer superar. Y mientras tanto, nosotras —mujeres, compañeras, amantes, amigas— seguimos sosteniendo la carga emocional de esa fractura. Nos convertimos en terapeutas involuntarias, en pedagogas del afecto, en contenedoras del dolor masculino. Un trabajo no remunerado, invisibilizado, que sostiene el equilibrio de un sistema entero.
El feminismo nos enseñó que el amor es político. Que no existe fuera del sistema de poder que lo moldea. Que no hay deseo inocente, ni neutralidad emocional. Amar, en este contexto, es también resistir la lógica del rendimiento y del control. hooks lo expresó con claridad: no puede haber amor donde hay dominación.
Por eso, cuando los hombres dicen que “quieren amor”, habría que preguntarles: ¿están dispuestos a perder sus privilegios para amar? ¿A dejar de ser el centro? ¿A aprender a sentir sin dominar? ¿A dejar de convertir la vulnerabilidad en debilidad?
El amor, si es real, no es compatible con la jerarquía. Amar exige desmontar las estructuras que nos impiden encontrarnos. Y ahí, en ese punto exacto, muchos hombres se detienen. Porque amar de verdad implica volverse incómodo, transformarse y admitir que el patriarcado no solo los beneficia, también los mutila. Como plantea hooks en Tipos duros, los hombres pueden cambiar, pero solo si están dispuestos a renunciar a la identidad patriarcal que les prometió poder a cambio de amputar su capacidad de amar.
A veces pienso que ese “me quiero enamorar” no es del todo falso. Que en el fondo, algunos hombres sí intuyen que el amor podría ser una salida. Que amar podría ser su pequeña revolución. Pero no basta con intuirlo: hay que hacerlo. Hay que politizar el deseo, nombrar el miedo, reconocer el privilegio.
Amar no es salvarse, es implicarse. Y tal vez, si un día alguno de ellos se atreve a decir “me quiero enamorar” y a sostener esa frase con actos, con presencia, con ternura, con responsabilidad, entonces algo podría empezar a cambiar. Pero por ahora, la mayoría sigue atrapada en esa contradicción dulce y amarga: querer amor sin dejar de ser producto del sistema que lo destruye.
Lo miro y lo pienso: no hay revolución posible sin ternura, sin vulnerabilidad, sin amor. Pero tampoco hay amor posible mientras los hombres sigan amando desde el centro y no desde el borde.
“Me quiero enamorar”, me dice. Y yo pienso: ojalá algún día eso no sea una promesa vacía, sino un gesto de valentía política. Porque el amor —cuando se elige desde la conciencia y no desde el miedo— sigue siendo el acto más subversivo que nos queda.

