El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

El amor después de Tinder

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Por Verónica Aravena Vega

Piensen un segundo en cómo era “ligar” hace veinte años: levantabas la vista, cruzabas una sonrisa en el transporte público, en una fiesta, en la feria. Tal vez te costaba más trabajo iniciar la conversación, tal vez había nervios, tropiezos, silencios incómodos. Hoy la promesa tecnológica nos vendió otra cosa: ligar es fácil, instantáneo, accesible desde la palma de tu mano. Descargas una app, subes una foto, escribes una biografía rápida y ¡boom! — potenciales parejas a un deslizar de distancia. ¿El amor para todxs? Parece un slogan de neoliberalismo emocional: libertad de elección ilimitada, tasa de interés cero de compromiso, descarte inmediato. Sin embargo, después de más de una década de romanticismo digital, muchos —en Chile y en buena parte del mundo— se están dando cuenta de que ligar ahora no significa conectar de verdad. Más bien, muchas personas están hartas de las apps de citas tradicionales, quemadas por el desgaste emocional que implican y por la ilusión de que el amor se encuentra en un algoritmo en lugar de una conversación sincera cara a cara.

La experiencia de usar estas plataformas a menudo se siente como una fábrica de ilusión: cientos de fotos, mil perfiles, infinitas posibilidades. Pero si uno baja la mirada del display y escucha más allá de las pantallas, emerge algo que no está en los discursos de marketing: una enorme frustración, una fatiga generalizada que empuja a replantear cómo y dónde se ligaba antes y cómo se liga hoy. En muchos casos, las apps prometieron liberar el deseo de las barreras físicas, pero lo que han producido es una mercantilización del afecto: deslizar, evaluar, descartar, repetir. El amor convertido en catálogo virtual.

Si miramos datos concretos de Chile, esa realidad se hace visible en cifras. Las aplicaciones de citas han tenido un notable crecimiento de uso en los últimos años, con Tinder consolidándose como la plataforma más utilizada en términos de consumo de datos, superando los 81 mil GB en los periodos de 2023 y 2024 en la red nacional analizada, seguida por otras como Badoo, Grindr y Bumble con menor uso pero presencia significativa. Este auge no ocurre de forma homogénea en todo el país: las zonas con mayor uso son la Región Metropolitana, Valparaíso y Biobío, lo que refleja la concentración urbana y los hábitos de socialización digital en las grandes ciudades. 

Sin embargo, estos números crudos esconden una paradoja profunda: aunque mucha gente usa estas plataformas, una gran parte siente que no funcionan como prometían. Encuestas locales muestran que en ciudades como Santiago casi el 40 % de las personas adultas ha recurrido a aplicaciones de citas con distintos fines —conocer amigos, tener citas casuales, buscar pareja— y que muchas personas dejan de usarlas por desconfianza, porque no les ofrecen experiencias satisfactorias ni relaciones auténticas. Esa brecha entre uso y satisfacción es crucial: no se trata solo de estar presentes en la plataforma, sino de preguntarse cuánto nos sirve para algo que valga emocionalmente la pena.

Y ahí aparece un fenómeno que ha sido reportado en varios contextos globales: una generación que empieza a cansarse de deslizar sin sentido. Estudios en otros países muestran que muchos jóvenes, especialmente de la generación Z, sienten agotamiento con las apps que prometen “match instantáneo” pero producen conversaciones vacías, interacciones superficiales y poca autenticidad, lo que los empuja hacia formas de encuentro más orgánicas y presenciales. Este tipo de fatiga no es anecdótica ni pasajera: es un síntoma de que la lógica consumista detrás de estas plataformas empieza a chocar con una necesidad humana básica —conectar de manera genuina.

El problema se vuelve aún más evidente cuando observamos cómo las dinámicas de género se reproducen dentro de estos ecosistemas digitales. No es extraño encontrar testimonios —en foros, en conversaciones cotidianas— de hombres que sienten que las apps no funcionan para ellos, que sus perfiles no reciben respuestas, o que sus matches se desvanecen misteriosamente. Otros comentan que las conversaciones se sienten mecánicas, secas, como si estuvieran hablando con una IA mala antes que con una persona real. Esto es parte de un patrón: la tecnología no disuelve las jerarquías de género ni las expectativas sociales; simplemente las traslada a un nuevo escenario donde la superficialidad y el consumo de la propia imagen dominan el espacio afectivo.

Las mujeres, por su parte, suelen tener experiencias diferentes —a menudo más selectivas, más cuidadosas— por razones que no son solo personales sino estructurales: la exposición no deseada, la presión estética, la necesidad de autoprotección y la vigilancia constante del propio cuerpo en espacios mixtos. Esta desigualdad no se corrige con más funciones digitales ni con algoritmos que prometen compatibilidad; es el producto de un sistema que valora el deseo de manera desigual y que mercantiliza hasta la propia intimidad. Las apps, lejos de democratizar el encuentro, replican y a veces amplifican las jerarquías de género existentes en la sociedad —donde el deseo de unos pesa más que el de otros, y donde los cuerpos son valorados como mercancía emocional.

Esto no quiere decir que nadie encuentre pareja o conexiones significativas mediante apps —claro que sí ocurre—, pero la narrativa dominante ha cambiado: ya no se trata de celebrar cada historia de éxito como prueba de que la tecnología “funciona”, sino de reconocer que existe una oleada de desilusión, cansancio y cuestionamiento profundo sobre lo que realmente significa encontrar a alguien en el siglo XXI. La ilusión de que tener más opciones digitales equivale a mejores encuentros amorosos se está desgastando; más bien, muchos sienten que tener infinitas opciones solo ha generado una parálisis afectiva, superficialidad y relaciones sin profundidad.

Si expandimos la mirada fuera de Chile, encontramos ejemplos de cómo esta fatiga ha impulsado nuevas formas de encontrarse. En algunas ciudades del mundo, las personas están recuperando prácticas antiguas o reinventándolas: citas a ciegas estructuradas con experiencias únicas, encuentros sociales que priorizan la conversación real, actividades en grupo donde se conoce gente sin la mediación de un perfil digital. Esto no significa romantizar el pasado, sino resistir la lógica del mercado que quiere convertir el deseo en un producto más para consumir. 

En Chile, a pesar del crecimiento sostenido de las apps de citas en términos de uso técnico, hay señales claras de que la relación que la gente tiene con estas plataformas está cambiando. Muchas personas que alguna vez invirtieron tiempo y energía en obtener matches ahora se preguntan si no sería mejor buscar conexiones en espacios donde la interacción humana no esté mediada por un algoritmo que favorece la apariencia sobre la autenticidad. Este cambio en la percepción es parte de un cuestionamiento más amplio: ¿qué pasa cuando el amor se somete a las reglas del capitalismo afectivo? ¿Cuánto vale una conversación? ¿Cuánto peso tiene una foto atractiva en comparación con una mirada sincera? ¿Y por qué seguimos pagando o invirtiendo tiempo emocional en una dinámica que nos deja exhaustos?

Desde una mirada anticapitalista y feminista, este fenómeno es una pieza más de la misma lógica que convierte todos los aspectos de la vida en mercancías: educación, cuerpo, tiempo, emociones. El deseo se ha convertido en una especie de capital simbólico, donde la visibilidad se traduce en valor y la reciprocidad se negocia como producto. Esta mercantilización del afecto no es azarosa; es una extensión de la cultura neoliberal que nos enseña a evaluar todo como rendimiento, visibilidad, productividad. ¿Qué tan deseable eres? pregunta la app; ¿Cuánto tiempo puedes sostener conversaciones? pregunta el algoritmo; ¿Cuánto pagas por mejores opciones? pregunta el modelo de negocios. La respuesta a estas preguntas, al final, impacta directamente en cómo nos sentimos con nosotros mismos y con los demás.

Y sin embargo, hay un impulso creciente por desaprender esa lógica. Muchas personas están reconectando con la idea de que el ligue —como acto humano— no puede ser totalizado en métricas de uso ni en un scroll infinito de perfiles. Ligamos, o deberíamos ligar, en espacios donde la presencia física, la complicidad emocional y la reciprocidad genuina importan más que una foto bien filtrada o una biografía ingeniosa. Eso puede suceder en contextos comunitarios, culturales, por mediación de amistades compartidas o en eventos que no estén diseñados para ser mercados de afecto, sino espacios humanos de encuentro.

La pregunta cómo y dónde se liga ahora no merece una respuesta simplista ni una receta mágica basada en la última app del momento. Merece una crítica profunda y radical de la lógica que ha posicionado el deseo en el mercado afectivo. Si seguir ligando significa aceptar que somos productos intercambiables en una vitrina digital, entonces el verdadero desafío no es encontrar otra plataforma más “eficiente”, sino redefinir nuestras formas de relación afectiva fuera del capitalismo del consumo. Eso implica recuperar espacios de encuentro que no dependan de algoritmos, valorando la presencia, la empatía y la corresponsabilidad emocional por sobre la visibilidad y el rendimiento.

Porque mientras sigamos buscando el amor como si fuera un bien de consumo, seguiremos chocando con la misma frustración: nunca habrá opción suficiente, nunca ningún algoritmo será lo bastante perfecto, y siempre habrá alguien más atractivo ahí afuera. El amor no se encuentra en un número de likes ni en un feed infinito; se encuentra en la vulnerabilidad compartida, en la decisión mutua de estar presentes, en la renuncia a medirlo todo como si fuera una transacción. Y esa, quizá, es la revolución amorosa que más necesitamos hoy.

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