Entre el “no tengo tiempo” y la culpa de “no hacer nada”

Por Paula Borredá
Hable con quien hable, la respuesta es siempre la misma: “No tengo tiempo”. Lo decimos casi sin pensar, como quien dice “buenos días”. La frase se ha convertido en una especie de contraseña social que nos justifica, que nos protege, que nos hace sentir parte de algo: el club de los ocupados, de los importantes, de los que no paran.
Pero lo cierto es que sí tenemos tiempo. Lo que no tenemos es permiso para usarlo sin sentir culpa.
Vivimos en una época donde descansar se ha convertido en un acto sospechoso. Si te ven en el sofá, parece que estás perdiendo algo. Si no produces, si no mejoras, si no optimizas tu cuerpo, tu mente o tu futuro, sientes que estás fallando. Incluso el ocio ha dejado de ser ocio para convertirse en rendimiento. Corremos, pero subimos la distancia a una aplicación; entrenamos, pero esperamos resultados visibles. Vivimos, pero de alguna forma, también lo documentamos. Nos han convencido de que todo tiene que servir para algo.
El problema no es la falta de tiempo, sino la imposibilidad de habitarlo en paz. Terminamos de trabajar y, aunque el cuerpo se detenga, la mente sigue corriendo. Aparece la culpa por no hacer más, por no entrenar hoy, por comer algo que no estaba en el plan, por no aprovechar la tarde. Como si vivir fuese una lista infinita de tareas que nunca terminamos de completar.
Y en ese proceso, hemos perdido algo esencial: la sencillez. La sencillez de hacer las cosas sin finalidad. Sin meta. Sin recompensa. Sin testigos.
Hoy, el tiempo es algo que se exprime, se mide y se exhibe. Incluso el descanso tiene que ser productivo.
El trabajo, que debería ser una parte de la vida, se ha convertido en el eje alrededor del cual gira todo lo demás. Vivimos esperando el viernes, esperando las vacaciones, esperando el momento en el que, supuestamente, podremos vivir. Pero cuando ese momento llega, también pasa. Y volvemos a empezar. Es un ciclo silencioso y perfectamente aceptado.
Lo más inquietante es verlo en los más jóvenes. Han crecido en un mundo donde la identidad se construye hacia fuera; donde la imagen pesa más que la experiencia; donde parecer importa más que sentir. Ya no se pierde el tiempo. Porque perder el tiempo se ha convertido en el mayor de los fracasos. Y, sin embargo, quizá ahí estaba todo: en perder el tiempo. En no hacer nada. En sentarse sin motivo. En vivir sin testigos.
Quizá el verdadero lujo hoy no sea tener más tiempo, sino poder vivirlo sin tener que justificarlo.
