El goce del poder en “Salò, o los 120 días en la isla de Epstein”: la violencia estructural del fascismo contemporáneo

Mientras estas violencias sigan siendo tratadas como excepciones o escándalos aislados, el orden que las produce permanecerá intacto. Nombrarlas como violencia estructural implica reconocer que el fascismo no siempre grita: muchas veces goza en silencio.
Por Sofía Varas Rojas
Hay películas que superan la ficción, “Salò o los 120 días en Sodoma” (1975), última película de Pier Paolo Pasolini, es una de ellas, no es solo una obra cinematográfica extrema; es una tesis política radical sobre el poder. Ambientada en la República de Salò el último bastión del fascismo italiano la película expone una verdad incómoda: cuando el poder se libera de toda responsabilidad ética y jurídica, el cuerpo humano se convierte en objeto, mercancía y escenario de goce. No hay exceso, hay método. No hay locura, hay sistema.
En la actualidad y décadas más tarde, el caso de Jeffrey Epstein irrumpió en la escena global como un escándalo sexual de proporciones inéditas. Sin embargo, leído con atención, el caso no revela una anomalía moral individual, sino una estructura reiterada: una élite económica y política capaz de capturar cuerpos vulnerables, explotarlos sexualmente y sostener durante años un régimen de impunidad. La coincidencia con el universo pasoliniano no es metafórica: es estructural.
Con la liberación de las listas y la información que estos últimos dias resulta interesante la comparación entre Salò y el caso Epstein para reflexionar sobre fascismo, hegemonía y poder en el capitalismo contemporáneo. La tesis central es clara y perturbadora: la clase alta no solo domina materialmente a los sectores subalternos, sino que, en determinados contextos históricos, goza de su sometimiento, llegando incluso a la destrucción física y simbólica de los cuerpos pobres los cuerpos de “los nadie” como forma extrema de ejercicio del poder.
Pasolini y el fascismo como pedagogía del goce
Pasolini entendía el fascismo no solo como una ideología política, sino como una pedagogía social. En Salò, cuatro figuras de poder un duque, un obispo, un magistrado y un banquero secuestran a jóvenes y los someten a rituales de humillación, violencia sexual y muerte. Cada acto está reglamentado. Cada tortura responde a una norma. El horror no surge del caos, sino del orden.
La película desmonta la idea de que el fascismo es solo represión. Aquí, el fascismo es goce. Goce de dominar, de disponer, de reducir al otro a pura materia. El cuerpo de las víctimas es despojado de nombre, historia y voluntad; se convierte en cosa. Pasolini muestra que el poder absoluto no solo controla la vida, sino que se excita con su degradación.
Hannah Arendt (1951) advirtió que los regímenes totalitarios requieren la deshumanización previa de sus víctimas. Sin embargo, Pasolini va más allá: revela que esa deshumanización no es solo un medio, sino un fin en sí mismo. El sufrimiento ajeno no es daño colateral; es el núcleo del placer soberano.
Epstein: la élite contemporánea y la administración del abuso
El caso Epstein puso en evidencia una red de explotación sexual sostenida por dinero, contactos y silencios. Durante años, jóvenes muchas de ellas menores de edad y provenientes de contextos empobrecidos fueron captadas, trasladadas y abusadas en espacios privados protegidos por acuerdos judiciales excepcionales y un aparato institucional sorprendentemente complaciente.
Epstein no operaba en los márgenes del sistema, sino en su centro. Su capacidad de evadir la justicia revela lo que Pierre Bourdieu (1998) denominó violencia simbólica: una dominación que se ejerce con la complicidad de quienes la padecen, pero también de las instituciones que deberían prevenirla. Las víctimas fueron sistemáticamente desacreditadas; el victimario, protegido.
Desde la perspectiva de Michel Foucault (1976), este caso ilustra una biopolítica diferencial: algunas vidas son protegidas, otras son administradas como descartables. Giorgio Agamben (1998) denomina estado de excepción a estos espacios donde la ley se suspende sin desaparecer. Epstein construyó su propio Salò: un territorio donde el cuerpo pobre quedaba expuesto a la violencia sin mediación jurídica.
Clase, hegemonía y el cuerpo de “los nadie”
La coincidencia central entre Salò y Epstein es la clase. Las víctimas no son intercambiables: pertenecen sistemáticamente a sectores empobrecidos, precarizados, feminizados o racializados. No es cualquier cuerpo el que puede ser usado, violado o destruido impunemente; es el cuerpo socialmente desvalorizado.
Antonio Gramsci entendía la hegemonía como la capacidad de una clase dominante para imponer su visión del mundo como sentido común. En este marco, la naturalización de la desigualdad permite que ciertos cuerpos sean concebidos como menos dignos de protección. Judith Butler (2004) lo expresa con claridad: no todas las vidas son consideradas llorables.
El cuerpo pobre es así doblemente violentado: primero, materialmente; luego, simbólicamente, cuando su sufrimiento es minimizado, silenciado o relativizado. La violencia sexual ejercida por las élites no es solo un crimen individual, sino una práctica estructural que reafirma jerarquías sociales.
Fascismo sin uniforme: continuidad histórica
Uno de los errores más persistentes del análisis político contemporáneo es pensar el fascismo como un fenómeno del pasado. Salò demuestra lo contrario: el fascismo puede sobrevivir sin camisas negras ni dictaduras formales. Se manifiesta allí donde el poder decide quién merece vivir con dignidad y quién puede ser reducido a objeto.
Achille Mbembe (2003) denomina necropolítica a esta facultad de decidir sobre la vida y la muerte. En este sentido, la explotación sexual sistemática constituye una forma de muerte social prolongada. Las víctimas sobreviven, pero su subjetividad queda dañada por un sistema que no reconoce plenamente el daño.y es mucho más complejo a nivel de Trauma y dolor psíquico.
El capitalismo neoliberal ha perfeccionado este fascismo difuso. No necesita campos de concentración; le bastan mansiones, islas privadas, tribunales indulgentes y medios de comunicación dispuestos a transformar el horror en espectáculo pasajero.
El placer como forma extrema de dominación
Lo más inquietante tanto en Salò como en el caso Epstein es la dimensión del placer. No se trata solo de ejercer poder para obtener beneficios económicos o políticos, sino de disfrutar activamente del sometimiento del otro. El goce aparece como el punto en que la dominación se vuelve obscena.
Pasolini comprendió que esta obscenidad no era un desvío moral, sino una verdad del poder. Cuando no hay límites, el poder se erotiza. El cuerpo del dominado se convierte en el espejo donde el dominador confirma su supremacía.
Esta lógica no es exclusiva de individuos perversos. Es una estructura que se reproduce mientras existan cuerpos disponibles y sistemas dispuestos a mirar hacia otro lado.
Nombrar la violencia para desmontar el poder
Comparar Salò con el caso Epstein es una posibilidad política que nos invita a reflexionar sobre cómo la realidad supera la ficción. Para así tratar de explicar (en algo) cómo la violencia ejercida por las élites sobre los cuerpos pobres no es una anomalía del sistema, sino una de sus expresiones más crudas y sinceras.
Mientras estas violencias sigan siendo tratadas como excepciones o escándalos aislados, el orden que las produce permanecerá intacto. Nombrarlas como violencia estructural implica reconocer que el fascismo no siempre grita: muchas veces goza en silencio.
Pasolini fue asesinado por decir verdades incómodas. Hoy, su obra sigue funcionando como advertencia. Allí donde el poder se libera de la ética, el cuerpo de los nadie vuelve a ser territorio de conquista. Reconocerlo es el primer paso para desactivar una hegemonía que se sostiene, todavía, sobre el sufrimiento ajeno.
Referencias
Agamben, G. (1998). Homo sacer: El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.
Arendt, H. (1951). The origins of totalitarianism. Harcourt, Brace & Company.
Bourdieu, P. (1998). La dominación masculina. Anagrama.
Butler, J. (2004). Precarious life: The powers of mourning and violence. Verso.
Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI.
Mbembe, A. (2003). Necropolitics. Public Culture, 15(1), 11–40.
Pasolini, P. P. (1975). Salò o le 120 giornate di Sodoma [Película]. Produzioni Europee Associati.
