¿Regresaron las Panteras Negras o el miedo volvió a necesitarlas?

En Minnesota, redadas migratorias, propaganda y memoria racial abren una herida que Estados Unidos nunca cerró. Cuando el Estado se siente como amenaza, la organización colectiva deja de ser ideología y vuelve a ser instinto.
Por Silvina Ojeda
La figura de las Panteras Negras reaparece como síntoma de una época donde la autodefensa ya no suena a pasado, sino a presente urgente.
En Minneapolis hay madres que duermen con la ropa puesta.
No es metáfora. Es logística. Dormir vestidas permite salir rápido si golpean la puerta de madrugada. Los documentos de los hijos se guardan en bolsas plásticas, protegidos del agua y del miedo. El sonido de un auto que frena demasiado cerca ya no es ruido urbano: es una hipótesis.
Minnesota aprendió a vivir en estado de alerta.
El 2026 comenzó con un despliegue federal que transformó barrios enteros en territorios vigilados. Redadas migratorias, operativos de ICE, discursos presidenciales que señalan enemigos internos. El mensaje es claro aunque no se diga en voz alta: hay cuerpos que pueden ser perseguidos. Y cuando un Estado decide qué cuerpos son descartables, la vida cotidiana se reorganiza alrededor de la supervivencia.
La comunidad somalí, una de las más grandes de Estados Unidos, quedó atrapada en una narrativa que mezcla propaganda y castigo colectivo. Un caso de fraude vinculado a fondos de alimentación infantil durante la pandemia se convirtió en argumento para sospechar de toda una población. No importa que la investigación judicial apunte a individuos específicos: el daño político ya fue distribuido de manera racial.
La congresista Ilhan Omar, figura visible de esa comunidad, ha denunciado amenazas constantes. Tras un ataque reciente declaró: “Seguiremos adelante… somos fuertes como Minnesota”. No es una frase triunfal. Es una frase de resistencia mínima. La clase de frase que se pronuncia cuando la dignidad se vuelve una tarea diaria.
Minnesota carga memoria.
Fue aquí donde George Floyd fue asesinado pidiendo aire. Fue aquí donde millones entendieron que la violencia policial no era un accidente sino una estructura. Las calles que hoy ven patrullas federales son las mismas que hace pocos años ardieron reclamando justicia. Los territorios recuerdan: no son escenarios neutros, son archivos vivos.
Por eso no sorprende que, en este clima, reaparezca un nombre que incomoda al poder desde hace décadas: las Panteras Negras.
Las imágenes circulan en redes como un eco histórico: cuerpos vestidos de negro, formación, disciplina. No importa tanto confirmar si existe una organización formal. Lo relevante es lo que esas imágenes activan. El Black Panther Party, fundado en 1966, nació como respuesta directa a la brutalidad policial contra comunidades afroamericanas. No fue solo una organización armada; fue una red de supervivencia. Programas de alimentación gratuita, clínicas de salud, educación política en barrios abandonados por el Estado. Autodefensa como cuidado colectivo.

La memoria de las Panteras regresa cada vez que el Estado deja un vacío.
Y ese vacío no es exclusivo de Estados Unidos. América Latina lo reconoce de inmediato. México lo vivió en 1994 con el levantamiento zapatista, cuando comunidades indígenas declararon que la dignidad no podía seguir negociándose. La Comisión Nacional de Derechos Humanos lo describió como una rebelión por justicia y autonomía. Bolivia lo gritó en Cochabamba en el año 2000, cuando la privatización del agua convirtió un derecho básico en mercancía. Colombia lo enfrentó en 2021, cuando el uso excesivo de la fuerza estatal durante el Paro Nacional fue denunciado incluso por juristas: “Se sigue utilizando de manera excesiva y desproporcionada en escenarios de protesta social”, afirmó el profesor Manuel Iturralde.
Cada país tiene su vocabulario. Pero el patrón es el mismo: cuando la violencia institucional se normaliza, la organización colectiva deja de ser teoría y se convierte en reflejo.

Hablar de las Panteras Negras hoy no es un ejercicio de nostalgia romántica. Su historia también estuvo atravesada por contradicciones, machismo y jerarquías internas que no pueden repetirse. Recordarlas no implica copiarlas. Implica entender por qué su idea central —la autodefensa comunitaria— sigue apareciendo cuando la gente siente que el Estado se ha vuelto una amenaza.
Minnesota no es solo un punto en el mapa. Es un espejo. Lo que ocurre allí condensa tensiones globales sobre migración, racismo y poder. El señalamiento racial como herramienta política no es un error del sistema: es una estrategia antigua. Construir un enemigo interno siempre ha sido la manera más eficaz de gobernar a través del miedo.
Para América Latina —y para Chile— mirar este proceso no es observar una rareza extranjera. Es reconocer una escena familiar. La región conoce demasiado bien el momento exacto en que el Estado rompe su pacto mínimo de cuidado. Cuando eso sucede, la pregunta ya no es si la gente se organizará. La pregunta es cuánto tardará.

Quizás las Panteras Negras no regresaron como estructura formal. Pero su fantasma político camina otra vez por las calles. No como amenaza, sino como síntoma. Señal de que la población percibe un límite.
Cuando la vida se vuelve negociable para el poder, la defensa colectiva deja de ser excepción histórica.
Se vuelve instinto.
Y ningún Estado ha logrado gobernar eternamente contra el instinto de supervivencia de su gente.

