Mi bisabuelo en una fosa común: el silencio por los muertos de Franco en España

–Chile y Argentina son países marcados por las violaciones a los derechos humanos durante las dictaduras de los años 70. Y si bien, mantener lo ocurrido en la memoria ha sido un desafío de años debido al creciente negacionismo, hasta hoy existen causas judiciales abiertas contra militares involucrados en asesinatos y torturas.
–Sin embargo, estos ejemplos no son la regla general en otros países que han vivido este tipo de regímenes, como es el caso de España, el país que intentó extraditar a Augusto Pinochet, pero que hasta hoy no ha enfrentado su propia historia tras las desapariciones, fusilamientos y torturas bajo el mando Francisco Franco. Se estima que a 2025, año en que se cumplieron 50 años de la muerte del dictador, siguen existiendo 6 mil sitios de entierro clandestino, y resta por encontrar a más de 14 mil represaliados.
–El silencio sobre sus historias se ha extendido entre las familias de las víctimas. Incluso, muchos jóvenes, entre nietos y bisnietos, han ignorado durante décadas la forma en que sus abuelos fueron asesinados. Esta es el relato de tres de ellos.
Por Jimena Améstica Zavala
Joaquín Revert Gilabert fue fusilado por el régimen de Francisco Franco el 27 de marzo de 1940, era campesino y tenía 43 años. Ocho décadas después, sus restos fueron desenterrados desde la fosa común 111 del cementerio de Paterna, una localidad española ubicada a 5 kilómetros al noroeste de Valencia.
El hallazgo de su cuerpo se logró luego de los trabajos de exhumación desarrollados por el equipo de la empresa ArqueoAntro, iniciativa impulsada por asociaciones de familiares de víctimas de represaliados de la dictadura y costeadas por la Delegación de Memoria Histórica de la Diputación de Valencia. Según las cifras oficiales, desde la fosa se rescataron a 150 personas asesinadas, además de sus objetos personales, como medallas, artículos de aseo, zapatos, pañuelos, pequeños retazos de tela y cinturones.
Salvador Bellver Casanova es el bisnieto de Joaquín, y a sus 31 años fue testigo del desentierro cuando llegó al cementerio de Paterna junto a su padre y su hermano. El joven recordó que la tumba clandestina no tenía más de cuatro o seis metros cuadrados: “Yo la vi, los enterraron ahí, echaron veinte cuerpos al foso, sobre ellos cal viva, veinte más, cal viva, veinte más, cal viva. Y así”, contó.

“Por las fechas en las que se tiene registro, mi abuelo estaba de los primeros de la fosa”, dijo, precisando que sus restos “estaban muy abajo. Cuando lo sacaron, lo vi, en el cráneo tenía el tiro de gracia. Todos tenían el tiro de gracia en el cráneo para asegurarse de que estaban bien muertos. Nunca había visto llorar a mi padre así”, recordó entre lágrimas.
El crimen de su bisabuelo a manos del franquismo no había sido un tema de conversación familiar. “De este tema con mi familia he hablado poco o nada, y en cuestión de cuatro años me he enterado de esta historia. Yo tengo la mala suerte de que mi padre a sus 18 años perdió a sus padres. Yo no sé si ellos, si hubiesen vivido, habrían hablado del tema. Mi tía es la hermana mayor, ella sabe un poco más”, aclaró.

Pero el silencio se rompió ese día y Salvador supo que su bisabuelo había sido fusilado en uno de los muros ubicados detrás del cementerio. De ello, quedaron algunos registros. “Los de ArqueoAntro contaban que los fascistas hacían una cosa bien: lo registraban todo. Fusilaban a la gente y lo registraban. También nos contaron que antes de las exhumaciones hicieron muchas entrevistas con familiares, era gente que hasta 80 años después, nunca había hablado de ello”.
Después de ser capturado pasó varios meses detenido en una cárcel con otros presos considerados militantes de izquierda, republicanos o “rojos”, como los llamaba el franquismo. Desde su encierro le enviaba cartas a su esposa a escondidas dentro de las bastillas de la ropa. La tía abuela de Salvador guardó por años esos registros.

Por qué lo mataron, comenzó a ser la pregunta recurrente. Según lo que pudo averiguar, Joaquín trabajaba en Ontinyent, el pueblo dónde creció al interior de la Comunidad Valenciana y “cuando acabó la Guerra Civil, pues al saco. Como todos en esa época, los que no estaban con ellos, estaban contra ellos. Lo detuvieron y lo encarcelaron en la prisión de Paterna”, contó el bisnieto.
“Mi bisabuela se carteaba con mi bisabuelo, él le enviaba cartas en papel de fumar, se las enviaba enrolladas en la ropa, en las bastillas, las metía dentro. Y así se carteaban. Decía ‘no os preocupeis, estoy bien, que no me van a hacer nada, porque yo no he hecho nada'”, precisó.
Cuando le anunciaron que sería fusilado, la desesperación se tomó los mensajes y sabiendo que algunas de las cartas eran revisadas por el régimen, escribió a favor de Franco. “Intentó salvarse en extremis poniendo a la dictadura franquista en lo más alto, porque esas cartas antes de pasar alguien las leía. Decía que Franco era Dios, a ver si así se salvaba. En ese momento ya era como todo vale: ‘Sé que me van a matar, pues todo vale’. Pero nada valió”.
Salvador recordó el contenido de la última misiva de su bisabuelo, la despedida. “Mi tía me lo contó, le decía a mi bisabuela que él nunca había matado a nadie, ni robado a nadie. Le decía que nunca había hecho mal alguno, que la familia estuviera tranquila y que su detención había sido un error”.
Antes de rescatar el cuerpo de Joaquín desde la fosa 111, su historia estuvo en pausa. Incluso, por temor a ser señalados y también detenidos, no hubo tiempo de luto entre la familia. El tiempo transcurriría y lo que le ocurrió ocho décadas atrás quedaría tan enterrado como sus huesos.
Para Salvador, el problema es que en España pasaron “80 años en que no se han investigado los crímenes, no se han juzgado. Aquí hubo una transición a la democracia en la que todo esto se silenció, no hubo ninguna investigación de nada. Por ejemplo, mi padre, me dice: ‘a ver, si tu amiga me preguntase a mí, le diría que yo no sé nada, porque en ese momento no se hablaba nada’. Había miedo. No es como por ejemplo en Chile, Argentina, que sí que hubo juicios y movimientos sociales por saber lo que pasó. Aquí en España eso no ha pasado”, reflexionó.
LA LLAMADA
Después de 31 jornadas de trabajo, en abril de 2021 se volvió a exhumar una nueva tumba clandestina en el Cementerio de Paterna. Hoy es conocida como la fosa 63 y desde allí, se rescataron 26 cuerpos de personas fusiladas en noviembre de 1939. Enrique Frances, el bisabuelo de Jordi Gil logró ser identificado entre las víctimas. Según los registros, habría sido asesinado el 25 de noviembre de ese año y se presume, en el mismo muro donde ejecutaron a Joaquín Revert Gilabert. Ambos vivían en Ontinyent.
“A mi madre la llamaron hace dos o tres años por lo de la fosa de Paterna. Era por mi bisabuelo. Fue un vecino el que dijo a los franquistas que por estar apuntado a la CNT, a un sindicato, era enemigo drl régimen. Y ya está, aunque estaba afiliado a un sindicato como cualquier trabajador”, contó Jordi.

El silencio familiar sobre el bisabuelo también fue la tónica, reconoció. “Mi abuelo murió de cáncer cuando mi madre tenía 20 años, entonces yo no lo conocí. Pero si sé que él tenía 7 años cuando llamaron a la puerta de casa y se llevaron a su padre. Le dijo: ‘Chaval, ahora eres el hombre de la familia’. Con siete años, imagina”.
Y es que según su experiencia, hablar del fusilamiento del abuelo abrió un foco de conflicto entre quienes le sobrevivieron. “¡Pero han matado a tu abuelo! y muchas no quieren saber nada. Dicen que el abuelo ‘algo haría’, en plan ‘no queremos saber nada’. Y mi madre al final pasó del tema porque vio que toda la familia se le ponía en contra. ‘Que ahora vas a remover lo del abuelo’, le decían. Yo creo que sería hasta para hacer un homenaje”, insistió.
Algo parecido vivió Joha Torró Borrell cuando llamaron a su padre para contarle que su abuelo, José Torró había sido localizado en la fosa 94 del mismo cementerio de Paterna. De los 39 cuerpos encontrados, hasta hoy se han identificado 15. Según la investigación realizada por el historiador Vicent Gabarda, todos los cadáveres tenían muestras de violencia, estaban maniatados y con un tiro de gracia en el cráneo, concentrados bajo una capa gruesa de cal y tierra.
El bisabuelo de Joha era labrador y fue fusilado a los 40 años, un 6 de noviembre de 1939. “Él era republicano, lo secuestraron y se lo llevaron. En mi familia no se hablaba de eso, con mi padre lo hemos hablado alguna vez. Pero yo nunca escuché decir nada de él”, aseguró.
Cuando fue asesinado, José Torró dejó a ocho hijos huérfanos. La mayoría vivía de la caza y aunque no tenían relaciones políticas, el régimen de Franco continuó persiguiéndolos. “Tenían armas para cazar conejos y tal. Y como su padre había sido de la República, un día fueron a su casa y al ver las armas se llevaron al hermano mayor de mi abuelo. Pasó ocho años en la cárcel”.

Hasta hoy, Joha asegura que con su familia tampoco ha hablado de estos temas y de lo que pasaba en esos años. “Al hermano de mi abuelo lo mandaron ochos años a la cárcel, eran como campos de concentración, trabajos forzados a saco. Y aún no ha habido juicios. Los mismos jueces de la época se quedaron 40 años tapando los fusilamientos y las cunetas, que te disparaban y te dejaban en la orilla del camino”.
Por lo mismo, insiste en que se puede entender el silencio por los muertos. “Imagínate hablar de política en los años 60, estás en peligro de que cualquier comentario en la empresa, como cuestionar la jornada laboral, la vulneracion de derechos o cualquier idea que agitara a los trabajadores, podían convertirse en represalias feroces. Incluso, nuestros padres que son a quienes mataron a sus abuelos, no hablaron de eso. Mi padre nació en el 57, y quienes nacieron en plena dictadura no saben de eso, mucho silencio, porque acabar en una cuneta era algo habitual. Hay fosas comunes que las siguen abriendo”.
14 MIL CUERPOS SIGUEN EN FOSAS CLANDESTINAS
El 2025 se cumplieron 50 años de la muerte del caudillo español Francisco Franco. El dictador murió en la cama del Hospital de La Paz en Madrid acompañado de su familia. El régimen que lideró dejó tortura, campos de concentración y ejecutados. De los asesinados, muchos eran arrojados a las puertas de sus casas para amedrentar a la población y después de horas de exhibirlos, los militares del Ejército Nacional, los cargaban en camionetas para desaparecerlos.
Desde el año 2000, cientos de cadáveres han sido descubiertos en todo el territorio español bajo cunetas, pozos y montes. Al día de hoy, se estima que existen o han existido 6 mil sitios de entierro clandestino y resta por encontrar a más de 14 mil represaliados.
En conversación con El Arrebato, Emilio Silva, fundador y presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), organización que desde el año 2000, ha desenterrado a víctimas desde fosas comunes, insistió en que España es un país “que no permite el acceso a la justicia para las víctimas de la dictadura, para las familias de los desaparecidos”.
“Aquí el problema está en la estructura social española que está completamente determinada por la violencia de la dictadura”, explicó, indicando que “todavía aquí hay mucho poder real que tiene que ver con la dictadura (…) aquí hay grandes constructoras nacidas al abrigo de la corrupción política y económica de la dictadura y hoy son multinacionales, que incluso, en algún caso utilizaron mano de obra de presos políticos. Por ello, esta gente tiene mucho poder para determinar lo que toleran que pase y lo que no toleran que suceda”.
Y en este sentido, habló de las familias de las víctimas, como también de la sociedad española en general. “Hay mucho silencio, porque hay mucho miedo todavía. Cuando vamos a los pueblos, tenemos que rascar en la memoria de la gente para encontrar la información que necesitamos para descubrir las fosas. Nos chocamos habitualmente con el silencio que es el envoltorio del miedo”, cerró.


