La triada de Chile: abandono, anomia y apatía

Por Hugo Pérez Torrejón
Esta foto la tomé un 27 de agosto, a las 1:43 de la madrugada. Habían pasado casi 24 horas desde que, en el terreno que estaba al lado de la casa donde viví junto a mi familia, por poco más de un cuarto de siglo, entraron a robar fierros, metales y cables de cobre que almacenaba una empresa encargada del alumbrado público en Viña del Mar.


El portón de metal de esa guarida retumbó y me despertó a las 5 de la madrugada. Nunca lo había escuchado tan estruendosamente, ni siquiera cuando la empresa venía a sacar los postes gigantes. Quizás fue el silencio de la noche, o el miedo a que, finalmente, después de muchos años siendo la única casa invicta en el pasaje, fuéramos nosotros las víctimas de un asalto. El punto es que salté de la cama, fui a la pieza de mis papás, donde mi mamá dormía sola, y vi cómo la luz de una linterna se posaba en mi frente. “¡Apúrate culiao!”, escuché que decían, mientras veía dos cuerpos coronados con un gorro pasamontañas moverse como ráfagas de viento. Me agaché y cerré la cortina, mientras mi mamá se despertaba y, de a poco, caía en cuenta de lo que ocurría. Desde el suelo, puse mi mano en su boca para que no soltara palabra alguna. Hasta que se marcharon.
Retrospectivamente, este robo estaba cantado desde hace muchos meses antes de consumarse. En realidad, todos los días vimos al Pita y al Aldo, conocidos choros de Achupallas, entrar a buscar agua de las piedras en ese terreno. Era una cosa ridícula, hasta chistosa. Veíamos ese lugar y no podíamos pensar en otra cosa que no fueran: chatarra y latas oxidadas, o los postes gigantes que solo se podían transportar con maquinaria pesada. Como vivíamos al lado, intentamos conversar la situación con el dueño, un señor al que nunca le vimos la cara y solo mandaba a su capataz a parlamentar. La existencia de ese lugar, ocupado prácticamente como galpón a cielo abierto, era una irregularidad para una zona residencial.
Pero ese día que tomé la foto pensé en tres factores unidos en el mismo contexto, que se podían aplicar cual metodología barata y zapatos de goma a muchas otras situaciones que acontecían diariamente en el barrio: un pedazo de tierra abandonado fue robado, en una acción coordinada tras pequeños hurtos y la inacción del dueño del terreno. Todos escuchamos lo que ocurrió ese día en la calle Colegual #462, pero preferimos hacer nada. Como todos los días, desde hace muchos años: condenados, disciplinados y acostumbrados a esta triada: abandono del Estado, anomia social y apáticos ante cualquier solución que huela a conjunto.
En un principio, pensé que podía ser un libro de crónicas y perfiles, pero a raíz de diversas circunstancias, eché mano a la memoria y junté una serie de situaciones y relatos que operan en esta misma lógica, expandida en nuestro país, fundamentalmente en barrios populares, donde el Estado desde hace mucho rato perdió la batalla. O decidió no jugar el partido.
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Aún recuerdo cuando anunciaron que pasaría una micro que me dejaría afuera de mi pasaje, a metros de mi casa. Antiguamente, por los años 60s, según contaban los colonos de Achupallas, la gente resolvía de forma autónoma y autogestionada la llegada hacia sus trabajos y la vuelta a sus hogares. Muchos se dedicaban al transporte y, en sus camiones, llevaban a otros a las fábricas, ya sea en Quilpué o al centro de Viña, principalmente en industrias textiles.
Se trataba de la 129. No debieron ser más de cuatro buses los que pasaban, pero ya nos debíamos pegar con una piedra en el pecho. Una gama de colores verdes dibujados en franjas era su distintivo. Me acuerdo de dos choferes: uno que conducía una Metalpar gigante, durísima. Tronaba toda su estructura cuando el viejo pasaba un cambio. Pero aguantaba la subida por La Parva y la de Pueblo Hundido, que sellaban el escape a un barrio difícil, tan grande y poblado, como olvidado, que sobrevive entre Gómez Carreño, Santa Julia y Miraflores.
El otro conductor era el entrañable Pedro Castro, el mismo que se quedó mirándome cuando estaba aferrado cual araña, haciendo un tapón con mis cuatro extremidades en las puertas de su micro, mientras mi mamá me empujaba para que, de una vez por todas, me fuera solo al colegio. “Te voy a acusar a tu papi, jeje”, me dijo Castro, con una sonrisa burlona. Él fue el último sobreviviente de la 129, que hasta último momento trabajó sin ton ni son: a la hora que quería, -si es que- apoyada de los sapos de las micros, que rara vez le achuntaban a su frecuencia.
Luego vino la transformación del sistema de transporte en la región. En la misma época que los viñamarinos observábamos horrorizados lo que ocurría con el Transantiago, casi agradecíamos que aquí solo hayan cambiado los números de los recorridos. La 83 y la 87 por la 201 y la 212, por ejemplo.. Reinaldo Sánchez, dueño de prácticamente toda la locomoción de Valparaíso, era casi un benefactor y un hombre de Estado al lado de las concesionarias capitalinas.
En esta licitación llegó la 403. Y, por si fuera poco, comenzó a operar el colectivo 34. Mentiría si digo que anduvo mal en un inicio. Era maravilloso. Lo único que le faltaba a ese barrio abandonado era un aeropuerto. Cuando a la 403 se le sumó la 207, el éxtasis fue mayúsculo. Tres opciones para subir y bajar al centro de Viña en 20 minutos. Después, la primera sucumbió y solo quedó la segunda. Mientras que, pararse afuera de la garita del 34 a prácticamente rogar que saliera un colectivo, era la única forma de optar al servicio. Nadie sabe bien qué pasó, pero la línea dejó de funcionar muchísimo antes de la pandemia.
Vino -y se fue. Hace rato- el Covid.
Son las 9 de la mañana de cualquier sábado, en una rutina que se repite hace más de dos años, y comienza la discusión tautológica de todos los fines de semana en el grupo de WhatsApp “¿Dónde viene la 207? (ex 403)”. “¿Trabajan hoy?”, “respondan xfa” (sic), “como no van a trabajar los domingos si ay feria” (sic x2).
Un día hábil de la semana, Rosa, vecina de La Parva, envió un audio quejándose. Tras preguntar incesantemente si había pasado una micro por Santa Inés para llegar a su casa, se dio cuenta que pasaron dos y no las vio. Es ciega. Nadie respondió. Nadie la ayudó en su periplo por llegar a La Parva.
A veces, cuando la rabia campea, los vecinos querían ir a reclamar a la garita donde se guardan los buses de una línea que, más encima, sufrió pérdidas de máquinas tras el incendio en el Olivar el 2024. “¿Y qué pasa con la gente que trabaja los sábados y domingos?” “¿Y la gente que va a la feria del Caupolicán? ¿Nos vamos y volvemos a pata?”, son los reclamos. “Los choferes tienen familia y derecho a descansar los fines de semana”, responden siempre, como un mantra, en el grupo de WhatsApp, las mujeres de los conductores, cada vez que los usuarios quieren hacer algo. Después, son ellas mismas las que reclaman baja rentabilidad e, incluso, llegaron a la locura de pedir que los pasajeros esperaran atentamente y en fila en los paraderos, en determinados horarios, para cuando los choferes avisen que van saliendo o iniciando el recorrido desde la garita.
Antes de mudarnos de Achupallas, mi mamá y mi hermana fueron a una reunión que citó la Seremi de Transportes para trazar “con los territorios” lo que será la nueva licitación del transporte público en el Gran Valparaíso. “¡Cómo es posible que hayan ido viejas a decir que funciona bien y que le harían pocos cambios!”, llegaron a la casa reclamando. Es que si bien hubo propuestas de buses nocturnos y planes para mejorar la frecuencia, también existió un grupo no menor de personas que estaba contenta con el servicio. “Deben ser las esposas de los choferes las que fueron a tirarles flores”, sospechaban las dos. No tengo cómo corroborarlo. Lo único cierto es que, hasta el día de hoy, a pesar de no vivir allí, sigo en el grupo de WhatsApp para saber dónde viene la micro. Y la discusión sobre la frecuencia y horarios durante los días hábiles, que se acrecienta todos los fines de semana que la gente pregunta si habrá servicio, sigue allí como el primer día.

Por lo menos antes, cuando la gente se transportaba en camiones, había un ánimo por resolver.
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“No tiene na’ que andar hablando si ella lleva diez años aquí no más”, repitió Aldo, unas diez veces por hora, desde las 9 de la mañana hasta las 12 del mediodía. Desde el terreno #462, el que se usa para guardar chatarra y postes del alumbrado público, corría por el pasaje un riachuelo que provenía desde una cañería rota. La dama a la que se refería el rufián de pelo crespo y lentes de sol, es la señora Paty, quien temprano en la mañana lanzó hacia nuestra casa un trozo de esa cañería que había sido desprendida temprano, al alba, por el Pita, compañero de andanzas de Aldo, para ser vendida en la feria del Caupolicán.
“Es que me aburrí de estos hueones. ¿Por qué siempre uno tiene que hacerse la hueona si sabe y ve lo que ocurre?”, le argumentaba la señora Paty a mi mamá por el teléfono. Ella era -y sigue siendo- una de nuestras entrañables vecinas amigas en el barrio. Dicharachera, una mujer movida, siempre con iniciativa en las actividades. Pero al Aldo y al Pita los tenía entre ceja y ceja. No podía tolerar cuando el hijastro del primero iba a amenazarlo de muerte por pegarle a su madre. Entraba y salía del pasaje serruchando el motor del auto, una y otra vez. Llegaba a salir olor a neumático quemado y en el pavimento quedaba la estela. También nos preguntaba cómo lo hacíamos para convivir diariamente sabiendo que el Aldo y el Pita estaban buscando chatarra en el terreno de al lado. En cuanto al segundo, si bien lo detestaba, también le tenía lástima, más aun después que murió su padre y quedó solo, alimentándose de las limosnas de vecinos.
Ese mismo escenario hacía que el Pita buscara cualquier tontera para sacar plata. El robo a la empresa de tendido eléctrico ya había ocurrido y, realmente, ya no quedaban ni hormigas en ese terreno que pudieran sacar. Además, el dueño mandó a arreglar el portón y le puso alambres por encima.
Nadie sabe por qué, pero justo afuera de ese lugar, limitando con la vereda, emergía una cañería con una llave que de repente se usaba para darle agua a los perritos de la calle. Fue esa misma herramienta la que fue ultrajada por el Pita, quien usando un martillo la sacó prácticamente de raíz, volando como un proyectil y cayendo justo cerca de la señora Paty, que caminaba por el pasaje rumbo a su trabajo en la Junta de Vecinos Guzmán, vio toda la acción y no encontró mejor opción que involucrarnos lanzando la cañería a nuestra casa.
Pero la verdad nosotros nos cagamos de risa, porque no podíamos comprender cómo era posible que le siguieran robando a ese lugar. Por su parte, la vecina Paty gritaba colérica, como si llevara cargando la situación durante mucho tiempo: “¡Seguro lo mandó el Aldo! ¡Si ese hueón (el Pita) está tan hueón que no es capaz de actuar por sí solo”, decía. Mi mamá, que suele prender con agua, le aconsejaba que se calmara. Pero todo llegó a oídos de Aldo, quien se apresuró a solucionar el problema repitiendo mil veces “no tiene na’ que andar hablando si lleva diez años aquí no más”, mientras trataba de frenar la fuga de agua.
Este era un movimiento atípico de Aldo. O sea, siempre fue bocón en realidad, pero sus intervenciones y diálogos con los vecinos eran para aparentar, más que otra cosa. “Buenos días, vecina. Aquí estamos dándole al trabajo”, le decía a mi mamá después de amanecer en la plaza del paradero 1, como cebolla en escabeche. “Aquí estamos pa’ cuidarlas de los hueones malos”, aseguraba cuando pasaba y veía a un grupo de vecinas en las esquinas. Pero ahora estaba superado por el delirio del Pita, su compinche, que hace rato venía dando palos de ciego.
Pero recién aquí, cuando ya había pasado de todo, el dueño del terreno se dignó a aparecer, y en una inversión que bien podría ser una donación de Farkas a la Teletón, puso un foco gigante que era indistinguible de la luna por las noches, y cámaras de seguridad a las que la totalidad de los choros del barrio saludaban levantando el dedo del medio, tirándole piedras, o haciendo un Pato Yáñez.
Hasta que nos mudamos, nunca más entraron a robar al terreno de vacío. Quizás, quién sabe, si lo intentan un poco más, se encuentran con un yacimiento de petróleo.
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“Ojalá salga el facho más asqueroso del mundo y ponga un milico en cada esquina. Me da lo mismo”, me vi diciendo mientras volvía de una reunión con dos carabineros que se negaron a tomar la denuncia y entrar a mi casa, para ver cómo yacían desparramados los trozos de vidrio del vaso que lanzó mi ex vecino de atrás, un 8 de abril de 2024, a las 17 horas.



Sonaba el subwoofer satánico que le encantaba poner, a pesar de haberle pedido tantas veces que le bajara el volumen. A veces eran días y findes enteros de bulla, con descanso de apenas unas horas en la madrugada. La situación me tenía al borde de la locura, sin poder dormir, completamente desregulado.
Ya antes, en la previa a Navidad del 2023, nos había amenazado de muerte a mi hermano y a mí por ir hasta su casa a pedirle que bajara el volumen, en una fiesta que estaba haciendo un día jueves. Nos salió persiguiendo, enfurecido e inyectado en cualquier cosa, con la mano en el bolsillo del polerón, haciendo como que tenía un arma. Su madre, Doris, se levantó de sus aposentos y llegó hasta la calle, donde me tomó por la espalda y me llevó hasta mi casa, mientras él nos apedreaba y escupía. Nunca había sentido tantas ganas de tener una pistola y dispararle a alguien.
Pero ahí estábamos: casi a las 2 de la mañana, con los pacos afuera de mi casa, negándose a entrar y ver la evidencia de lo que había ocurrido casi ocho horas antes y que no escaló por el mismo motivo que nunca tomé el camino de la violencia: porque amo mi vida, mi carrera y siempre seré dueño de mi propio destino. También, porque creo en las instituciones, aunque sean tan inútiles e insuficientes.
Los choros del pasaje estaban todos fondeados. Desde hace mucho tiempo que no entraban policías al lugar completamente tomado por el narcotráfico, que es el motor económico del barrio: por pasaje, un mínimo de dos casas que tenían alguna relación con el tráfico de drogas. A veces difícil dimensionarlo, pero todo cambia: es peligroso llegar después de cierta hora, que es donde los traficantes se levantan y comienzan su jornada; los negocios abren más tarde, porque no tienen necesidad ni clientes que atender en la mañana; la locomoción colectiva deja de ser tan necesaria, porque a diferencia de antes, ya no hay tanta gente que vaya a sus trabajos temprano en la mañana. Y así con todo. Ya lo explicó gente mucho más brillante que yo, hace harto tiempo atrás: el sistema de producción y la actividad económica de los lugares configura todo.
En uno de estos vaivenes buscando encontrar aliados en el barrio, y después de una noche de jarana a la que no fui invitado, pero de la que igual tuve que aguantar la bulla un día martes, conversaba con David, dueño del negocio de la esquina de donde vivía. La semana anterior él había tenido que parlamentar con dos muchachos que se tomaron un sitio en la quebrada, al final del pasaje. “Oye, Brian, tu cabra entra al local y me come las lechugas y los repollos”, reclamaba.



Estaba hablando de la Lupe, un animal que estos tipos habían adoptado junto a otro de la misma especie, siendo esta última devorada por una jauría de perros durante la noche. Hubo un video de ella que se hizo viral cuando se subió a la 207. Siempre se escapaba y vagaba por las calles soltando balidos.
David estaba molesto, porque estaba perdiendo mercadería y plata. La gente reclamaba, con justa razón, que además de morder la verdura, Lupe dejaba plastas a la entrada del negocio. Y sus responsables brillaban por su ausencia. “Aquí lo que hace falta es otro Pinochet que ponga a estos hueones a trabajar”, me dijo. “¡Pero David, si ese viejo dejó que entrara la droga en las poblas!”, le retruqué. Se levantó de hombres y no me dijo nada más.
