El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

29 de noviembre: lo que América Latina reconoce en Palestina

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Ilustración: @gatanegrasideral

Por Colectivo Quilpué Resiliente

Para muchas personas, el 29 de noviembre es apenas otro día señalado por Naciones Unidas. Un gesto simbólico más, una efeméride diplomática entre tantas. Pero en América Latina, esta fecha ha ido tomando otro peso: el de un espejo donde se reflejan historias que, aunque no idénticas, resuenan con una fuerza incómoda. El Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino no solo recuerda la Resolución 181 de 1947 (ONU, 1947), aquella que abrió la puerta a la partición del territorio, sino también los propios procesos de despojo, militarización y resistencia que marcaron a gran parte de nuestra región.

La ONU institucionalizó esta conmemoración en 1977 (ONU, 1977), recordando el inicio formal de un conflicto que nunca encontró la salida diplomática prometida. Desde entonces, la historia palestina ha sido descrita por expulsiones sucesivas, fragmentación territorial, ocupación y un entramado de control que se volvió parte del paisaje cotidiano. En América Latina, lejos de entender este conflicto como un asunto distante, reconocemos elementos familiares: estructuras de dominación que hemos visto, sufrido y resistido en distintas épocas.

En esta región sabemos, a veces demasiado bien, lo que significa perder la tierra. Lo saben los pueblos indígenas cuya relación con el territorio fue violentada por el colonialismo y el extractivismo; lo saben las comunidades desplazadas por megaproyectos que prometían desarrollo; lo saben quienes crecieron bajo dictaduras donde el control militar del espacio era una forma de orden social. Así, la ocupación de Palestina no se lee solamente en clave geopolítica: se interpreta desde la experiencia compartida de la colonialidad, concepto ampliamente analizado en el marco del colonialismo de asentamiento (Veracini, 2010).

Los mecanismos de control sobre la población palestina: checkpoints, demoliciones de viviendas, asentamientos que se expanden, bloqueos, vigilancia permanente no pueden entenderse como simples herramientas de administración territorial. Son parte de un dispositivo que decide quién puede vivir y quién puede morir, tal como describe Achille Mbembe en su teoría de la necropolítica (Mbembe, 2003). Aunque los contextos difieren, América Latina también ha conocido regímenes de excepción donde el Estado administraba cuerpos y territorios mediante el miedo, la vigilancia y la suspensión selectiva de derechos.

Por eso la solidaridad latinoamericana no emerge únicamente desde los gobiernos o las declaraciones oficiales. Brota desde abajo, desde las memorias de los pueblos. La sostienen las juventudes estudiantiles, los movimientos feministas, las comunidades mapuche, las organizaciones barriales, los colectivos antirracistas y los grupos de derechos humanos. Esa afinidad no nace del sentimentalismo, sino de una intuición política compartida: cuando la violencia estructural se normaliza en un territorio, se convierte en una amenaza para todos.

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Ilustración: @gatanegrasideral

El 29 de noviembre también marca un espacio de disputa por la memoria. Edward Said sostuvo que parte esencial del proyecto colonial consiste en borrar la historia del dominado, despojarlo incluso de su propia narrativa (Said, 1979). De ahí que la memoria palestina sea una resistencia en sí misma. Nur Masalha enfatiza que la Nakba no debe entenderse como un evento concluido en 1948, sino como un proceso continuo de desposesión territorial y cultural (Masalha, 2012). Ese esfuerzo de mantener viva la memoria tiene ecos claros en América Latina, donde los pueblos todavía luchan por preservar relatos sobre dictaduras, desapariciones, masacres y desplazamientos que los Estados han intentado silenciar o minimizar. Maurice Halbwachs recordaba que la memoria individual depende siempre de los marcos sociales que la sostienen; sin ellos, lo que se olvida no es solo un dato, sino un mundo entero (Halbwachs, 1992).

Pero esta fecha no puede reducirse únicamente a la denuncia. También es un acto afirmativo. Afirma que las luchas no están aisladas, que los pueblos del Sur global comparten una defensa persistente de la vida digna, y que ningún territorio debería transformarse en un laboratorio de guerra o de tecnologías de control. Eyal Weizman lo detalla al estudiar cómo la arquitectura y el urbanismo se han vuelto herramientas estratégicas de ocupación (Weizman, 2007), diseñando condiciones materiales que producen miedo, fragmentación y vulnerabilidad.

Los análisis de Amnistía Internacional (2022) y Human Rights Watch (2021) documentan con precisión prácticas que cumplen criterios de apartheid y persecución sistemática, mientras que los informes de UN OCHA (2023) evidencian la gravedad humanitaria actual en los territorios ocupados. Leídos desde América Latina, estos informes no son fríos ni ajenos: dialogan con nuestra propia historia de violencias institucionales, estados de excepción, represión militar, desplazamientos forzados y democracias frágiles.

Bajo este contexto, nos vemos obligados a cerrar respondiendo una vez más la pregunta ¿por qué hablar y escribir de Gaza? Quizá la pregunta puede ser tomada por mordaz, pero la falta de acciones que expresen con contundencia la relevancia del genocidio perpetrado contra el pueblo palestino nos obliga a dar respuesta a esta pregunta que ya ha sido contestada miles de veces de distintas maneras; ya sea mediante vídeos, crónicas, libros y múltiples formatos de testimonios provenientes del horror. Permítase entonces reformular la pregunta: ¿por qué nos debería importar Gaza en otro continente, absolutamente alejados espacialmente del conflicto? ¿Por qué Gaza es importante en Latinoamérica?

Para responder, recordemos los juicios al genocidio judío. En el juicio al arquitecto de la Solución Final, Adolf Eichmann, la filósofa y teórica de la política Hannah Arendt pudo presenciar el proceso judicial. Allí Arendt arriba a la siguiente conclusión: es equivocado juzgar y condenar a Eichmann por los crímenes contra el pueblo judío. Por el contrario, la única razón para llevarlo a la horca debe estar fundada no en los crímenes contra un pueblo, sino por el perjuicio contra la humanidad, por la destrucción de la posibilidad de vivir juntos, de vivir con el pueblo palestino. Es decir, de la pluralidad del mundo humano.

Sabiendo esto, debiera ser mucho más claro por qué debe importarnos Gaza: no es sólo el pueblo Palestino, sino también la humanidad en su totalidad la que peligra ante el genocidio. Este es quizá el fundamento más propio de lo que entendemos por crímenes contra la humanidad. Este calificativo no refiere únicamente a una magnitud diferente de crímenes, sino a un carácter estructural que destruye la pluralidad humana misma. Sin Palestina, no hay comunidad política humana posible. Desde el Golfo de Fonseca hasta el Wallmapu, desde Chiapas hasta los Andes, Palestina se ha convertido en un punto de referencia político y emocional. No por romanticismo, sino porque su resistencia encarna una verdad que incomoda al orden internacional: ningún pueblo debería vivir bajo ocupación. Ningún futuro debería ser cancelado antes de nacer. Ningún territorio debería convertirse en un experimento de control colonial.

Solidarizar con Palestina no es caridad; es una postura ética y política. Es reconocer que las luchas por la justicia, aunque separadas por océanos, se sostienen mutuamente, y que la memoria de un pueblo que resiste ilumina también nuestros propios caminos de dignidad, defensa del territorio y búsqueda de libertad.

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